L. quería cambiar su sofá y, como la marca anterior le había ido bien, optó por ella, solo que en un comercio más cercano a su casa. “Desde el principio las formas fueron muy distintas, el trato no tenía nada que ver”, comenta. No se encargaron de retirar el sofá viejo y, cuando la consumidora lo hizo, al acudir a instalar el nuevo dedicaron “tres minutos” a montarlo. Nada más irse los empleados, comprobó que un módulo se hundía excesivamente, nada que ver con el otro, que se mantenía firme. Llamó a la tienda, desde donde recibió una atención “pésima” y una actitud “borde y maleducada”.
Ante la firmeza de L., accedieron a sustituir el cojín defectuoso, pero el ruido en el sistema de extensión, “que no era normal”, continuaba. Se llevaron el sofá y se lo devolvieron días después supuestamente reparado, pero seguía con los mismos problemas. Ante la reparación ineficiente, desde Irache se reclamó la cancelación de la compra. El comercio accedió y devolvió los 1.600 euros que L. había pagado.
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