Llamaron a casa de José Ignacio. Era un joven trajeado, muy simpático, que le comenzó a hablar de los problemas de salud que podíamos tener si no tomábamos agua de calidad. Finalmente, le habló de los beneficios de un calcificador que le iba permitir poder tomar en su casa agua de calidad y sin ningún riesgo. José Ignacio no entendía muy bien todo, pero se fió del joven y acabó firmando en un papel.
Al día siguiente los hijos de José Ignacio fueron a visitarle a casa y vieron que había firmado la compra e instalación de un calcificador, por lo que había aceptado una financiación de 700 euros. Preocupados, acudieron a su asociación de consumidores. Desde allí ayudaron a José Ignacio a dirigirse por burofax a la empresa vendedora que constaba en el contrato y comunicaron que ejercían el derecho de desistimiento. Enviaron una copia de esta comunicación a la financiera. Una semana después acudieron a retirar el aparato y José Ignacio no tuvo que pagar ninguna cuota por él.
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